
¿Incomprensible?
El misterioso suicidio de los pájaros cuvivíes en las lagunas de Ozogoche, en Chimborazo, es un enigma que cada año se repite junto con su tradicional velo de inquietudes.
Cada septiembre se presenta el fenómeno con la puntualidad de un reloj. Y así fue el pasado 19 de septiembre, y esta vez la primera persona que vio a los cuvivíes muertos fue Feliciano Bejarano. Fue el viernes por la mañana, poco después de las 10:00.
A esa hora Bejarano llegó hasta la laguna Verdecocha, luego de caminar unos 10 kilómetros desde el pequeño poblado de Ozogoche, por un pantanoso sendero en las interminables montañas del Parque Nacional Sangay.
Llegar a Ozogoche es fácil, 55 kilómetros le separan desde Alausí caminando por una carretera lastrada hacia el noreste. Lo difícil es observar el suicidio de los cuvivíes en las lagunas del sector ya que ese fenómeno sucede en la noche.
"Este año las aves llegaron a tiempo y como tantos otros, en la noche. Las bandadas pasaron chillando en la oscuridad, ese fue el aviso. Nunca se atrasan, el arribo es desde el 15 de septiembre hasta el 30 del mismo, solo Dios sabe por qué se matan".
Esas palabras las dijo Bejarano, un hombre de 42 años, en buen estado físico, aunque a punto de perder la visión en su ojo derecho, pues en una travesura a los 12 años se clavó la punta de un cuchillo en el iris.
En el sector existen más de 60 lagunas, pero los cuvivíes aparecen muertos en Verdecocha y en el extremo oriental de la Cubillín, mencionó Luis Cajilema, otro habitante de Ozogoche, quien prefirió quedarse en el calor de su choza por la pertinaz llovizna y la bruma en la zona.
Eso no fue un impedimento para Bejarano. El viernes 19 despertó a las 04:30 con el canto del gallo, prendió el mechero del candil que reposaba sobre el parante derecho del espaldar de la cama y se vistió.
María Josefina García, su esposa, continuó dormida, abrazada a su pequeña hija que procrearon hace un año.
De un solo soplo apagó la débil luz, abrió la puerta y caminó en la penumbra unos 20 pasos, hasta otra pequeña vivienda y allí despertó a su hija María Narcisa de 9 años. Ella se animó a acompañarle en esa larga travesía.
Mientras Bejarano desataba al asno que permanecía junto al corral de los borregos, María Narcisa retiró las cuatro tablas que servían como puerta de la cocina y recogió una funda de habas tostadas y unos cuantos pedazos de panela. Esos alimentos fueron el desayuno y el almuerzo de las dos personas.
Juntos se alejaron de su morada. Bejarano sobre el asno y la niña bien agarrada al padre, el jinete. Entre tanto, los 180 habitantes de Ozogoche continuaban en un profundo sueño, sumidos en la oscuridad y soñando, tal vez, que algún día tendrían energía eléctrica.
Para cuando el sol les dio el encuentro ya llegaron a la laguna Yanahurco, empapados por la lluvia que los acompañó en la madrugada. Al asno le dejaron allí. En adelante debieron caminar lento por los pantanos y cruzar varios ríos. "Aunque es un sendero conocido hay que transitarlo con cuidado, uno nunca sabe en dónde se puede enterrar".
La menor sacó las habas de una pequeña shigra, cada uno agarro un puñado y aceleraron el paso. Luego de cinco horas de viaje divisaron la laguna Verdecocha, que forma parte del sistema lacustre de Ozogoche. Para entonces había poca neblina.
Bejarano descendió lento y en silencio. María Narcisa se quedó unos cuantos metros más arriba, oculta en el pajonal. La idea era verificar si los cuvivíes estaban allí pero vivos, no fue así. Había que fijarse muy bien para encontrar a los pájaros suicidas, porque su color café oscuro se confunde con parte de la naturaleza y el agua. "Casi siempre, las aves se clavan en el centro de la laguna y las frías olas las acarrean a las orillas y allí flotan, todas muertas".
En ese momento, Bejarano gritó para que bajara su hija. María Narcisa miró a su alrededor y empezó a recoger las aves que quizá fallecieron la noche anterior. El campesino las examinó con minuciosidad. "Son igualitas a las del año pasado", murmuró.
Aunque Bejarano es analfabeto, las cuentas no le fallan. "Era una bandada de 80, cada año llegan menos", dijo.
El costal de plástico se llenó con 30, suficientes aves para la alimentación de una semana de los siete miembros de la familia Bejarano.
El resto de aves las recogieron Francisco y José, los hijos mayores de Bejarano, quienes llegaron pasado el mediodía. El hallazgo lo repartieron con los vecinos.
El retorno fue igual de cansado y todavía más con un peso en la espalda. Al atardecer, los dos viajeros entraron en el pueblo. Aquel día, ninguno de los vecinos se enteró de lo sucedido, sino hasta la mañana siguiente.
Bejarano aprovechó el sábado para descansar. Caminó hacia un baúl que le dejó de herencia su abuelo y sacó un acordeón que compró en 800 000 sucres hace nueve años; entonces entonó varias melodías de la Sierra.
Al son de la venada, música tradicional en la zona, su esposa, María Josefina García, desplumó a los primeros cuvivíes y preparó una sopa.
En ese instante llegaron los primeros turistas; ellos se hospedaron en las cabañas de Zula, una comuna vecina a 10 kilómetros más arriba de Ozogoche y un sitio de paso obligado para las lagunas.
Las tres cabañas fueron construidas con el apoyo del Centro de Desarrollo Humano, Difusión e Investigación. Invirtieron 35 000 dólares y allí funciona una cocina general y un salón para vender artesanías como fajas, gorras, llaveros, entre otras cosas. Así, los 2 500 indígenas de Zula cambiaron la incipiente agricultura por el turismo.
"Lo que importa es que lleguen los turistas, es un beneficio para todos", concluyó Bejarano, al tiempo que masticaba la carne de cuviví.
Para el domingo 21 los comuneros del sector participaron en un festival con danza y música junto a la laguna Cubillín. Allí, Bejarano se colocó dos cuvivíes en forma de collar y tocó el bombo en un grupo local, de esa forma todos los turistas asistentes pudieron conocer a la mítica ave, que todos los años se suicida en el agua.
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