
No es que me agradase caminar por ahí, pero el July me había dicho
que pasando la parroquia diera yo vuelta a la izquierda, y así lo hice. Iba
tiritando.
Ya las viejas
frases de que por ahí espantaban estaban muy trilladas, pero no era lo mismo
decirlo que atreverse a franquear la parroquia y acercarse a los pozos. Ahí
espantaban, y uno tenía que mantenerse
alejado, sobre todo por las noches.
Pero entonces
esos dichos tan trillados cobraron vida y se me metieron en la cabeza, me bajaron
hasta el corazón y yo sentí que me latían por dentro y me gorgoteaban en la
sangre. Maldije al July y a sus malditas apuestas.
Crucé el
callejón y me metí entre los troncos. Olía a boñiga de vaca, y el viento hacía
revolotear las hojas sobre mi cabeza. Miré hacia el frente pero no vi a nadie. Sólo
se advertían en la oscuridad los bordes redondos de los pozos. Me detuve junto
a un arbusto volteando hacia todos lados. No había rastros del July.
Me quedé
pensando en la maldita apuesta. Si el July no aparecía en cinco minutos
correría a cobrarle el doble por no haberse presentado. Entonces ví la luz
roja. Era apenas una luz del tamaño de una pelota de béisbol que se sostenía en
el aire, pero se movía lentamente como dando tumbos. Me puse en cuclillas y me moví
para esconderme detrás de los matojos.
La bola se
fue haciendo cada vez más grande y ahora había adquirido el tamaño de una luna
lejana, solo que de un rojo intenso. La cosa bailoteaba, sí, bailoteaba, y parecía
avanzar hacia donde yo estaba, aunque de trecho en trecho parecía detenerse. Era
como si estuviera buscando algo.
De repente
sentí la mano sobre mi espalda. El corazón me dio un vuelco y algo que me desgarraba el pecho me sacudió. Con los ojos
cerrados hice el intento de controlarme. La mano me apretó el brazo y entonces
volví la cabeza. Ahí estaba el July, acurrucado junto a mí con la vista fija en
la bola roja que se seguía meciendo en el aire. Parece que danza, me susurró.
Yo no le
respondí. El susto que me acababa de pegar me había dejado como mudo. Nos
acomodamos tras el arbusto para tratar de ver mejor, pero también para intentar
pasar desapercibidos. Todo a nuestro alrededor estaba oscuro y ni siquiera la
luz de la luna se reflejaba en el cielo.
Inopinadamente
la bola se dejó venir sobre nosotros. Yo tuve las agallas para levantarme e
intentar huir, y tirarme un clavado detrás de otros arbustos que se alzaban más
allá. Pero no advertí que el July me siguiera. Me mantuve por un rato con la
cabeza casi enterrada en el suelo. Esperé.
No supe
cuanto tiempo pasó. Sólo que en un instante me atreví a girar un poco el cuerpo
para mirar hacia arriba. Pero no había nada en el espacio. Todo seguía tan oscuro
como antes.
Me arrastré un poco hasta pegarme a las matas. Miré hacia donde se suponía que debía estar el July, pero no vi a nadie. Levanté la cabeza y eché un largo vistazo al firmamento. La bola ya no estaba. Quise esperar un rato pensando que el July podía haber huido hacia otra parte. Pero después de media hora desistí.
No quise
regresarme caminando por temor a que la cosa roja volviera a aparecer. Así que
me arrastré lo más rápido que pude hasta llegar a los pozos. Una vez ahí me
levanté y eché a correr despavorido.
Llegado a la ciudad tuve el aliento de pasar por la casa del July. Me dijeron que no estaba. Saber esto me aturdió. Me fui a mi casa. Quería esconderme debajo de la cama pero no lo hice. Tampoco pude dormir. Mi mente estuvo puesta toda la noche en el July.
Al otro día
me fueron a buscar. Eran los padres del July. Me preguntaron si lo había visto
la noche anterior. Yo negué con la cabeza.
Los días
pasaron, y el July no aparecía. Y de hecho nunca apareció.
Cuando
alguien del barrio comentó un día que había visto dos bolas rojas meciéndose en
el aire, le creí.
Le creí, pero
aún mantengo la boca cerrada.
D.R. Oswaldo Lilly 2009.
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