
Esta sorprendente fotografía
(ignoro si le habrán tomado más, o tan solo fue un solitario flashazo
evocativo), tomada en blanco y negro en París en 1906 a Mata Hari, reproduce,
cómo negarlo, los manifiestos rasgos de sensualidad que esta mujer proyectó a
todo lo que le rodeaba.
Al verla ahí plasmada en todo su esplendor, tal como ella
fue en su juventud, me sugiere evocaciones peligrosas que me llevan a pensar
que el conocerla, el rozar su fantástico mundo con los dedos, hubiese sido un
sueño para mí muy parecido a esas fantasías oníricas que suelo tener a veces de manera
inesperada.
Pero, ¿Quién fue realmente Mata Hari?
La escritora Yannick Murphy ha hecho en su libro Yo, Mata Hari, una recopilación
apasionante de la vida de esta mítica mujer que -según la acusación que la
llevó finalmente ante un pelotón de fusilamiento- se dedicó al espionaje como
una actividad subversiva, más allá de que gustase bordar la danza del vientre,
protagonizar espectáculos eróticos y convertirse en el primer icono sensual de la Europa del siglo XX.
La narración empieza con ella encarcelada en París, acusada
de colaborar con los alemanes de aquel tiempo. Y mientras espera su sentencia y ejecución, Murphy pone en boca de la
protagonista una autobiografía basada en datos contrastados, incluidos
reportajes periodísticos, documentos y otros muchos libros que le sirvieron de
bibliografía.
Margarita Gertrudis Zelle (Leeuwrden 1876-París 1917) era
hija de un sombrerero holandés y de una de una mujer originaria de Java, hermosa
isla de Indonesia que por aquella época era una colonia de los Países Bajos.
Margarita, singularmente bella y sobre todo atractiva, se
casó a los 18 años con un militar 20 años mayor que ella al que ni siquiera
conocía físicamente, y con el que había mantenido una relación epistolar a raíz
de que él publicara un anuncio en los periódicos.
Por pura casualidad, su esposo fue destinado a Indonesia, el
archipiélago del que procedía la madre de Margarita. El matrimonio tuvo un hijo
y una hija, muriendo el primero a manos de un criado, que envenenó al niño para
vengar los maltratos que le infligió el militar.
El suceso naturalmente destrozó la vida de la pareja: él se
refugió en la bebida, se ausentaba durante semanas y ella buscó consuelo en el
sexo, interesándose por desarrollar las técnicas amatorias orientales.
De vuelta en Holanda y tras divorciarse -la custodia de la
niña fue concedida al padre, que presentó testigos para acusar a su esposa de
ser poco menos que una prostituta-, Margarita se trasladó a París, donde
trabajó como modelo y más tarde como bailarina en espectáculos eróticos.
Mata Hari, así era conocida en el mundo de las variedades,
mantuvo relaciones con varios militares y políticos de alto rango. En 1917,
siete meses antes del final de la Gran Guerra, fue acusada de ser agente de Alemania,
a cuyo ejército habría proporcionado datos obtenidos de los oficiales galos con
los que ella se relacionaba, provocando la muerte de varias compañías.
Fue declarada culpable sin pruebas concluyentes, hilando una
trama propia de película en torno a una descabellada hipótesis, y fusilada.
Cuentan que los doce soldados que la acribillaron tuvieron
que disparar con los ojos vendados para evitar que la belleza de Mata Hari les
impidiera apretar el gatillo. Cierto o no, lo que sí está probado es que en el
cadáver impactaron cuatro de las doce balas y sólo una de ellas fue mortal,
pues tocó el corazón.
Historia trágica sin duda la de la bella mujer, la famosa Mata Hari, quien no fue sino una víctima más de las circunstancias infaustas de su propia vida.
¿O no?
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