
Ranas y sapos,
salamandras y tritones, y las cecilias, parecidas a gusanos (y poco
conocidas), son los animales que conforman la clase Amphibia. Son seres de
sangre fría, criaturas de cuentos de hadas, de plagas bíblicas, proverbios y
brujería. La Europa
medieval consideraba que las ranas eran el diablo.
Para los antiguos egipcios simbolizaban la vida y la fertilidad, y para los niños a lo largo de los años han sido una resbalosa introducción al mundo natural. Para los científicos representan un orden que ha soportado más de 300 millones de años para evolucionar en más de 6 000 especies singulares, hermosas, diversas, y también en peligro de extinción.
Casi la mitad de todas las especies de anfibios está en peligro. Cientos se deslizan hacia la extinción y docenas ya no existen. Las pérdidas han sido rápidas y están muy dispersas. Pero hay algo de esperanza. Los esfuerzos de rescate que se realizan protegerán a algunos de los animales hasta que pase la tormenta de la extinción. Y, al menos en el laboratorio, los científicos han tratado a las ranas contra una enfermedad provocada por hongos que está terminando con las poblaciones alrededor del mundo.
En Quito, Coloma y su colega, Santiago Ron, han construido instalaciones para la crianza en cautiverio de anfibios en el Museo Zoológico de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Admiten que su esfuerzo es apenas una gota de agua en el estanque, pero ofrecen un puerto seguro para unos cuantos con la esperanza de detener las pérdidas nacionales. Sólo hay 16 especies en las instalaciones, aunque Ecuador es hogar de más de 470. Y esto es lo que hay en los libros. A pesar de la gran deforestación en el país, cada año se descubren especies nuevas. El laboratorio de Coloma tiene unas 60 recientemente descubiertas y que aún aguardan un nombre científico.
Coloma y Ron, que también han iniciado la compra de terrenos para la protección del hábitat, esperan dar espacio en las instalaciones a más de 100 especies. Pero la base de animales silvestres está decreciendo rápidamente. “Nos estamos convirtiendo en paleontólogos, describiendo cosas que ya están extintas”, dice Ron. En el laboratorio de Quito la evidencia es mucha. Coloma sostiene un frasco que saca de su gabinete lleno. Hay dos especímenes que flotan en alcohol. “Esta especie –dice con el rostro distorsionado por el vidrio– se extinguió en mis manos”.
No es de sorprenderse que algunos vean nuestro paso por la Tierra como una extinción masiva. Las pérdidas de biodiversidad han alcanzado niveles que no se veían desde finales del Cretácico, hace 65 millones de años. Pero los anfibios habían logrado mantenerse a lo largo de episodios de extinción del pasado. Sobrevivieron incluso cuando 95 % de los demás animales murió y, más adelante, cuando desaparecieron los dinosaurios. ¿Si no desaparecieron entonces, por qué ahora?
“Es una muerte por mil heridas”, dice el biólogo David Wake. La destrucción del hábitat, la introducción de especies exóticas, la explotación comercial y la contaminación del agua están trabajando en conjunto para diezmar a los anfibios del planeta. El papel del cambio climático aún está debatiéndose, pero en algunas partes de los Andes se ha registrado un incremento drástico en las temperaturas a lo largo de los últimos 25 años, junto con periodos inusuales de sequía.
Pero una forma de infección por hongos, la quitridiomicosis (quitridio, para acortar), con frecuencia da el tiro de gracia. Lo hizo para esta pareja en el arroyo Limón. Ambos animales dieron resultados positivos para el hongo y el macho murió poco después que la hembra.
La quitridio ya estaba acabando con los anfibios en Costa Rica en los ochenta, aunque nadie lo sabía entonces. Cuando las ranas empezaron a morir en grandes cantidades en Australia y América Central durante los noventa, los científicos descubrieron que el hongo era el culpable. Ataca la queratina, una proteína estructural clave en la piel y boca de los animales, lo cual tal vez obstaculiza el intercambio de oxígeno y el control de agua y sales en el cuerpo. Las ranas africanas de uñas, que se exportaban mucho para pruebas de embarazo desde los treinta, pueden haber sido las primeras portadoras del hongo. “Es impresionante que no hayamos visto más derrumbes de poblaciones, dada la manera en que movemos cosas por todo el mundo, acompañadas de sus patógenos”, observa Ross Alford, de la Universidad James Cook de Queensland.
El hongo quitridio ahora se ha observado en todos los continentes donde viven las ranas, en 43 países y 36 estados de EUA. Sobrevive en alturas que van desde el nivel del mar hasta 6 000 metros y mata animales que son acuáticos, terrestres y los que gustan de ambos entornos. Localmente se puede diseminar por cualquier medio: desde las patas de una rana a las plumas de un ave, a las botas de un excursionista, y ha afectado al menos a 200 especies. Han desaparecido de los bosques el sapo dorado de Costa Rica, la rana dorada de Panamá, el sapo de Wyoming y la rana de Australia, por mencionar algunas.
National Geographic.