
-Pero si los dragones no existen –gritó Ric.
-Te digo que yo vi uno.
-¿En donde?
-En el túnel.
-¿Hasta adentro?
-Si.
-¿Y cómo fue que lo viste?
-Ayer entré… fui hasta la quinta vuelta.
-¿La quinta vuelta? ¿Dices que está en la quinta vuelta?
-Si.
-Oh, Manny, ¿no sabes que no debes llegar hasta la quinta vuelta?
-Sí, pero no pude detenerme.
-¿Por qué no?
-Había algo… algo que me incitaba.
-¿Algo que te incitaba?
-Si.
-¿Qué era?
-El olor.
-¿El olor?
-Si.
-¿De qué hablas, Manny?
-De eso… del olor.
-¿Cómo olía?
-No lo sé… nunca había venteado algo igual.
Ric hizo un gesto de incredulidad. Miró hacia el cielo cubierto de nubes y después paseó la vista por la extensa campiña donde los árboles formaban tupidos macizos verdosos.
-Mmmm…. ¿Te mareó?
-Un poco.
-Dime una cosa Manny: ¿te vió?
-No lo sé.
-¿No lo sabes?
-Bueno, él estaba echado, estaba como enrollado en su cola, que es muy larga.
-¿Dormía?
-No sé… lo ví por detrás.
-¿De qué color es?
-Creo que verde…es lo que se miraba al reflejo de la antorcha.
-¿Y no se movía?
-Nada.
-¿Estaría muerto?
-No.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque respiraba; pude escuchar su aliento; era ruidoso, tremendo...
Ric alzó la mano y metió sus dedos entre el cabello.
-¿Por qué no sale del túnel?
-¿Cómo sabes que no sale?
-Porque nunca lo han visto.
-Eso no prueba nada.
-Claro, pero ya se sabría; alguien lo habría visto aunque fuera de noche.
-Tal vez se va hacia otras partes.
-¿Otras partes?
-Si. A tierras lejanas.
-¿Cómo es eso?
-Hablo del túnel.
-¡Tú estás loco, Manny!
-Recuerda lo que nos dijo el abuelo.
-No le creas nada. El abuelo dice muchas mentiras.
-¡Eso no es cierto! El dragón es una prueba.
Ric echó la cabeza hacia atrás, pensativo.
-Está bien. ¿Qué me decías del túnel?
-Que ahí dentro hay cientos de pasadizos ocultos. Yo los ví.
-¿En serio?
-En serio.
-Oye, Manny, no se lo habrás contado a papá.
-No. Y si se lo digo, nunca me creerá.
-Bueno, él es escéptico, tú sabes. Y yo salí a él.
-Y yo soy como el abuelo.
Una sombra gigantesca los cubrió de repente.
-Creo que va a llover. –dijo Ric.
Manny se quedó como petrificado.
Había captado el olor, el olor áspero y azufroso en el aire. Pero no quiso alzar los ojos.
Simplemente se quedó quieto, muy quieto.
Se oyó un rugido largo y áspero.
Y volvió a hacerse el silencio.
Un cuento de Oswaldo Lilly
D.R. 2009
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