
Estaba parado en la puerta cuando llegó. Se detuvo a unos cuantos pasos de mí.
Se quedó quieto, como si no se atreviera a hablar. Por fin le oí pronunciar algo con acento extraño.
-¿Me puedes ayudar?
Lo miré. Sus ropas estaban sucias y su cabello muy largo. Tenía la cara quemada por el sol. Sus zapatos estaban rotos. Al parecer había caminado mucho.
-Vengo de muy lejos y necesito ayuda –prosiguió.
-¿Qué andas haciendo hasta acá? –le espeté.
-Voy para norteamérica, pero ya no puedo seguir. Me asaltaron. Esos policías de la migra me robaron todo. No tengo para seguir… llevo dos días sin probar bocado.
Volví a mirarlo. Había algo en el tono de sus palabras que me hacía pensar que no mentía.
-¿Por qué no te regresas?
-¿A mi tierra dices?
-Si.
-Ni loco.
-¿Por qué?
-Porque sería un retroceso… ya estoy a la mitad del camino.
Volví a observarlo con atención.
-A veces los cambios y las treguas son buenas. –le insistí.
-A veces sí… pero a veces no -dijo.
Le hice una seña y lo invité a pasar. Le ordené a la señora de la limpieza que le sirviera de comer. Después de lavarse, le vi devorar todo lo que había en el plato.
-¿Exactamente de dónde vienes? –le pregunté mientras comía.
-De la sierra de centroamérica.
-Eso queda lejos.
-Bastante lejos. Pero ya estoy a la mitad del camino.
Lo miré pensativo.
-A la mitad del camino –repetí lentamente-. ¿Por qué lo dices? Tus palabras me recuerdan algo que me enseñó un profesor.
Él me miró desconcertado.
-¿De qué va eso? –dijo.
-Bueno –proseguí-, él estaba hablando en su clase de las medidas que tiene la vida y esas cosas.
El extraño carraspeó.
-Sí –volví a decir-, habló de las medidas de la vida. El profesor decía que cuando alguien llega a los treinta, cree que apenas está en un tercio del camino, pero eso es un espejismo.
-¿Un tercio? -preguntó.
-Si.
-Depende –dijo-. Si él piensa llegar a los noventa, no está tan errado.
-¿Pero quién llega a los noventa lúcido? –comenté pausadamente.
El extraño me miró sorprendido.
-Lúcido, si acaso a los sesenta o setenta –dijo, asintiendo con la cabeza.
-¿Qué edad tienes? –le pregunté.
-Cuarenta y siete.
-¿Y cual crees que sea ahora tu medida?
Él hombre cerró los ojos.
-Bueno, nadie lo sabe, es cierto… pero tomando en cuenta lo que se ve, debo estar más allá de la mitad.
-Bastante más allá de la mitad –le aclaré.
-Sí… creo que es así.
-Bien –le dije-. ¿Y por qué no te quieres volver?
-Allá no tengo a nadie. –respondió cerrando los ojos.
-¿No tienes familia?
-No. Los mataron a todos.
Guardé silencio.
-Mira –dijo de repente-, yo ya no voy a volver… pero si quieres hacerte cargo de algo que dejé por allá, te lo cedo ahora mismo.
-¿De qué hablas? –le pregunté.
-Hablo de esto –dijo, sacando un papel doblado de algún punto escondido en el interior de su zapato.
El extraño desdobló el papel y lo puso sobre la mesa.
-No te será difícil dar con esto. Yo estoy a la mitad del camino, pero tú estás en un punto neutro. Además, fuiste el único que me ayudó, así que es justo que…
-Oye, oye –le interrumpí-; antes de que sigas hablando, explícame de qué se trata todo esto.
El hombre me miró. Su semblante se había transformado por el efecto de la comida, y ahora se miraba más sereno.
-No puedo explicártelo todo... es mi vida, no la tuya. Lo único que puedo decirte es que si quieres ir a buscar esto, tendrás muchas riquezas.
-¿Riquezas?
-Están enterradas. El papel señala claramente el sitio –dijo, mostrándome con el dedo un punto en la hoja amarillenta-. Te lo dejo… tómalo. Yo no volveré atrás. Estoy a la mitad del camino. O como dijo tu profesor, tal vez un poco más allá.
Me miró fijamente. Tomé el papel.
-¿Puedes darme algo de dinero para avanzar otro poco? –me dijo.
-Claro.
Saqué un poco de dinero y se lo di. El extraño me tendió la mano.
Nos despedimos sin hablar nada.
Lo miré alejarse a paso veloz con los zapatos rotos y la ropa sucia. El pelo le balanceaba golpeándole la espalda.
Bajé los ojos para volver a mirar la hoja y la escudriñé con detenimiento. Era como si de repente algo brillara en aquel papel.
Alcé la vista, emocionado. Quería decir algo.
Pero el hombre ya había desaparecido.
Un cuento de Oswaldo Lilly
D.R. 2009
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