Bueno, hoy por la mañana leí una noticia que trataba sobre la ola de suicidios en Francia.
Fui al Google para buscar, pensando que se trataba de una fantasía.
Pero resulta que nada es ficción. La semana pasada un operario de 49 años de France Télécom se abrió el vientre con un cuchillo al enterarse de que lo cambiaban de puesto. Algo escalofriante pero también bastante extraño.
Luego, el viernes, otra empleada de FranceTélécom, al conocer la noticia de su cambio de funciones, se lanzó de un cuarto piso y se estrelló en plena calle. Y apenas ayer lunes otra mujer, al saber de su traslado, intentó suicidarse tomando una sobredosis de pastillas.
Y bueno, al profundizar un poco me entero de que 23 trabajadores de France Télécom se han suicidado en los últimos 18 meses. Más de un trabajador por mes. Y esta noticia me azota la cara como un viento frío porque parece increíble.
¿En donde está la falla? Porque todo esto es tan atípico como saber que estos hechos superan cinco veces la tasa de suicidios en Francia. Tremendo.
Parece ser que France Télécom está sometiendo a sus empleados a tremendas presiones laborales buscando su propia productividad. Pero a mí no me parece motivo suficiente la verdad. Y bueno, como es lógico, la alarma social se ha disparado. ¿En dónde ha quedado en Francia la delgadísima línea que separa el valor de la vida humana de las responsabilidades laborales?
Lo digo porque los expertos ya predicen más suicidios. Y así, esto se parece más a una película de terror elevada al cubo que a la realidad cotidiana.
Y uno no deja de preguntarse: Dios mío, ¿en qué laberinto del mundo nos hemos metido?
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