jueves, 01 de octubre de 2009

Las veía pasar andando marcialmente, aunque no se apresuraban. Eran miles y miles, todas en movimiento. Literalmente eran una falange, una mesnada, un cúmulo de puntos ínfimos dispuestos a construir.

Todas ellas formaban dos filas, dos larguísimas filas que se hundían entre verdosas breñas. Pero todas cargaban algo. Algunas llevaban encima pedazos de tallos verdes tan grandes que casi las cubrían.

Otras llevaban residuos más pequeños de diferentes colores. Ahí se percibía un orden pasmoso. Una hilera se tornaba blanca, otra café, otra roja, y así, cada una haciendo algo que me hacía evocar un equilibrio asombroso y cooperativo.

Me senté en la hierba para mirarlas actuar. Casi todas eran rojas, de las arrieras; todo un ejército trabajando con un solo propósito: llevar bastimentos a los nidos. Su disciplina para involucrarse era admirable. Unas iban por la hilera de la derecha, y las que volvían lo hacían por la izquierda sin obstruirse.

No vi comandos al frente porque no había frente. Más bien todas formaban un frente porque todas trabajaban en grupo. ¡Cuánta disciplina y cuánto amor cooperativo! ¿Cómo se comunicaban?  Porque tenían que comunicarse. Dudo que el sólo instinto lograse todas esa proeza de equilibrio perfecto y cooperación desinteresada.

¿Posiblemente por las antenas? Es plausible. Se dice que la ciencia ignora todavía el modo en que las hormigas se comunican. En fin. A la ciencia le falta mucho: la humanidad aún no sabe con certeza cuál es el propósito trascendental de la vida. Por eso se vive como se vive. Qué se le va a hacer.

Una de ellas, tal vez periférica o quizás de las exploradoras luchaba por acercar una hoja demasiado grande al tráfago del caminito. De pronto se encontró con un hueco. Había que salvarlo.

Luego de hacer movimientos aparentemente locos o sin sentido, arrastró poco a poco la hoja. Lentamente la fue acercando hasta colocarla sobre la orilla del hueco. Después se la echó a cuestas… ¡y la dejó caer! El hueco –que para ella debió ser un gran abismo- quedó cubierto.

Pasó del otro lado y se volvió para arrastrar la hoja. Luego se la echó encima. Por último se incorporó a la fila de las que iban en dirección al nido.

¡Qué maravilla! Creo que mucho tenemos que aprender de estos ínfimos animalitos.

Ínfimos animalitos que en muchas cosas nos superan.




Tags: hormigas, socialización

Publicado por OswaldoLilly @ 18:06
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Comentarios
Publicado por Visitante
sábado, 07 de noviembre de 2009 | 17:23
una maravilla de enseñanza