
Rosy me lo había dicho. A las doce, todo sucede justo a las doce. Y yo me echaba a reír cada vez que me lo decía.
Le pregunté si había víboras. Me dijo que sí, pero que no se aventuraban a entrar en la ciudad.
-Los incendios han acabado con muchas –prosiguió-, y las que quedan se refugian en los nidos de las faldas de la montaña.
Me eché de espaldas sobre la colchoneta de hule espuma y me puse a ver las sombras de los trazos húmedos que la penumbra dibujaba debajo del techo.
-¿Hay algo más que te lo indique? –le pregunté.
-Sí. Los perros.
-¿Los perros?
-Se ponen a ladrar como locos un minuto antes. Después se callan. Es como si todos enmudecieran de repente. Es horrible.
Confieso que sentí escalofríos.
-Hey Rosy, no te lo estarás creyendo, ¿verdad?
Me miró fijamente antes de decir:
-Júzgalo tú mismo.
Alcé mi brazo para ver la hora. Las 11:45. Comencé a sentirme un poco inquieto.
-Hay muchas historias como esas en todas partes, en especial aquí en San Cristóbal -dije en voz baja.
Se hizo un largo silencio.
-Mira –susurró ella-, quiero que pongas atención en el silencio.
-¿En el silencio?
-Sí, en el silencio. Tú lo escucharás… ocurre un par de minutos antes de las doce.
-¿En serio?
Ella no respondió. Pero yo ya no estaba tan seguro de echarme a reír.
-¿Quieres que encienda la luz? –dijo Rosy.
-No, no… quedémonos así.
No volvimos a decir palabra. Parecía que nuestras mentes estuvieran puestas tan solo en la llegada de la media noche.
No supe cuanto tiempo pasó. Pero como si todo estuviera sincronizado, los ladridos comenzaron. Al principio se oían lejanos, como un sordo rumor traído por el aire. Pero el ruido aumentó de tal manera que parecía que una jauría de miles de perros ladraba justo afuera de la puerta del cuartucho.
De pronto, como si alguien hubiera dado la orden de silencio, los aullidos cesaron. Levanté el brazo como autómata para volver a ver el reloj. Las doce en punto.
El primer grito fue tan intenso que me hizo estremecer. Era como un chillido, -o cómo decirlo-, como un aullido doloroso y tétrico. Pero a éste se sumó un segundo grito que parecía que se acercaba más a nosotros. En seguida supe que eran gritos de mujer.
Sentí que algo rozó con mis piernas. Me revolví sobre la colchoneta aterrado y me encontré con el cuerpo de Rosy. Ella se abrazó a mí sin decir una palabra. Estaba temblando.
Nos mantuvimos atentos. La tensión era intensa y algo etéreo flotaba entre las sombras. Pasó un minuto, dos, tres. Los gritos cesaron. El silencio que siguió fue largo y tormentoso. Nuestras respiraciones, por el contrario, eran agitadas.
Tuve ganas de levantarme, pero Rosy se abrazó más a mí para que no lo hiciera. Su cuerpo me estrechaba con fuerza. La apreté por la espalda y le acaricié la cabeza. Una oleada de aire frío se dejó sentir dentro del cuarto.
Los dos teníamos los ojos bien abiertos. Los dos mirábamos las sombras de los trazos húmedos que la penumbra dibujaba debajo del techo.
Pero a pesar de la hora, ¿quién pensaba en dormir?
Cuento inédito de OswaldoLilly.
Copyright © Oswaldo Lilly - 2009.
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