
No es que El Código Da Vinci naufrague como novela ni mucho menos. No le hagan
tanto caso a la foto, jejeje. Sabido es que todo lo que se escribe para el gran
público debe tener “algo especial” que capte la atención del lector. Y Dan
Brown lo consigue con creces.
Quiero transcribir aquí una opinión mía sobre el susodicho libro escrita a
solicitud de Lylamor, una apreciada compañera de foro .
Apreciadísima Lylamor…
Pos mira, yo lo leí hace tiempo, y a mi juicio creo que habrá que reconocerle
algo a este libro: verdad o ficción, lo cierto es que su trama ha despertado
expectativas en todo el mundo: más de cinco millones de ejemplares vendidos,
innumerables debates sobre la veracidad de su contenido, aclaraciones y
desmentidos por parte de la iglesia católica, muchos trasnochados indagando
sobre la existencia de sociedades secretas, miles de jóvenes impactados por la
novedosa secrecía de la historia… y sigue la mata dando. Por si fuera poco y
para cerrar el ciclo, la historia fue llevada también al cine.
Te puedo decir para empezar que El Código
Da Vinci, comercialmente hablando, es el libro “perfecto” para el “perfecto
sueño” de un "escritor y soñador perfecto”, ni más ni menos. Calidades
aparte, no hay duda de que Dan Brown consiguió fama y dinero con la novelita de
marras, pero este fenómeno ya había sucedido antes, si mal no recuerdo, en
España, con las obras de J.J. Benítez: los famosos Caballos de Troya, que por
otra parte constituyen el encomiable esfuerzo de un autor del mismo género
cuyos argumentos tampoco van tan mal, ehhh. Pero no es cosa de comparar, no es
por ahí.
Tratando en lo posible de ser objetivo sin alargarme tanto, te diría que todo
el revuelo causado por la novela no es por otra cosa sino por el drive, creíble para algunos, falso para
otros, de su argumento central: el cuestionamiento de la integridad moral y la
santidad de Jesucristo, el autor de la doctrina de fe más fecunda de la
historia humana.
Desde luego, para lograr un buen background, el escritor hace gala de su habilidad para seguir una
cábala que lo conduzca tramo a tramo al tema central, moviendo distintos hilos
y aludiendo a diversas sociedades secretas y sus prácticas, y a personajes
supuestamente vinculados con ellas, la mayoría de ellas cuestionables con el
sólo uso del método de la comprobación histórica.
La historia inicia con el asesinato del director del Louvre dentro de su propio
museo; pero resulta que el interfecto no solamente se interesaba en el arte
sino que era también el Gran Maestro de una sociedad secreta conocida como El Priorato de Sion (cómo no). Esta
secta guarda un antiguo secreto que, de ser revelado, denigraría la autoridad
moral de la iglesia y desacreditaría por completo al cristianismo bíblico
original. Antes de morir, el director intenta transmitir este secreto a su
bisnieta, criptógrafa de profesión (cómo iba a ser que no), y a un profesor de
Harvard estudioso de lo arcano (el intelectual ad hoc), dejando una serie de pistas que espera los guíe más tarde
a la verdad.
¿Cuál es en realidad este secreto? Pos desvelar la verdadera identidad del muy
buscado Santo Grial, que en la novela de Brown no es la copa que usó Cristo en
la Última Cena, como tradicionalmente se sabe, sino más bien la persona de
María Magdalena, quien según El Priorato de Sión fue la esposa de Jesús, y fue
también quien mantuvo el linaje real de Cristo dando a luz a un hijo de él. El
Priorato guarda celosamente la ubicación secreta de la tumba de María Magdalena
y está encargado de proteger, por si fuera poco, el supuesto linaje de Jesús,
que según ellos ha continuado hasta hoy.
La pregunta es: ¿Hay alguien que tome en serio estas ideas? De hecho los hay, y
muchos. Cuando uno empieza a leer el libro, la primera palabra que encuentra,
en negrita y con mayúsculas, es "HECHOS".
Poco después Brown escribe: "Todas las descripciones de ilustraciones,
arquitectura, documentos y ritos secretos en esta novela son exactas.” Es por
ello que muchos lectores han dado por sentado que la afirmación del libro es
verdadera.
Pero Brown, además, tiene una forma de hacer que las
novedosas teorías acerca de Jesús y su supuesta amante, insertas hábilmente en
apócrifos evangelios y en la historia primitiva del cristianismo, parezcan
creíbles. Estas teorías son adoptadas con pasión por los ficticios personajes
más cultos de la novela: un historiador real británico, Leigh Teabing, y un
profesor de Simbología Religiosa de Harvard, Robert Langdon. En boca de estos
personajes, el lector desprevenido queda con la impresión de que las teorías
son, en realidad, verdaderas.
Pero hay más sobre el libro: Si nos fijamos bien, El Código Da Vinci viene a ser en realidad dos libros en uno. Hay
por un lado una trama de intriga muy bien urdida que es la que capta el interés
del lector y le impulsa a pasar las páginas de un modo compulsivo. ¡Bien por el
autor! Pero por el otro, se detecta expeditamente la inserción de cierto dogma
de corte “pedagógico” en el que Brown nos va introduciendo sutilmente, como
todo buen vendedor de ideas, sin duda con un propósito. De ahí el controversial
bullicio mundial que ha despertado la obra.
Hay que decir, no obstante, que el método es peligroso porque ataca los
fundamentos de una fe, y hace creer al lector profesante que la parte
”pedagógica” que él vende es verdadera. He ahí lo polémico, he ahí lo
controversial. Muchos analistas aseguran que Brown inventa cosas con el fin de
desacreditar una fe sustituyéndola por sus propios dogmas. Yo, la verdad, no
creo que sea para tanto. Hay de libros a libros. Y hay de comercios a
comercios.
¿Que sí hay libros prohibidos? Si, y muchos saben esto. Y muchos también sabrán que lo que El Código Da Vinci pretende desvelar no es ni con mucho trascendente, aunque para otros sí lo sea. Cuestión de enfoques, Lylamor.
Por citar sólo un ejemplo, mientras Brown asegura que la
pirámide del Louvre consta de 666 losetas (que por cierto todos saben que es el
número bíblico del anticristo), la verdad es que son 763. Y si no, pos
tendremos que ir hasta París para contarlas. ¿Nos echamos el viajecito?, jeje.
Y este es sólo una de tantas afirmaciones falsas de que consta el libro, aunque
no es mi propósito señalar ninguna.
Yo digo, Lylamor, que como suele suceder en estos casos, debe ser el lector
quien juzgue y decida creer o no creer lo que el libro afirma.
Cuestión de dogmas ¿No crees?
Saludos, guapa!
Tags: libros, Código Da Vinci, Dan Brown