
«Es un pájaro de verdad. No sé cómo es. Jamás lo he visto. Sólo lo he oído. El pájaro-que-da-cuerda se posa en un árbol de por aquí y, poco a poco, va dándole cuerda al mundo. Mientras tanto, hace ric-ric. Si él no le diera cuerda, el mundo no funcionaría. Pero eso nadie lo sabe. Todos, absolutamente todos, creen que es un enorme mecanismo, mucho más imponente y complejo, el que mueve el mundo con mano férrea. Pero no es así. La verdad es que el pájaro-que-da-cuerda va de un lugar a otro accionando el resorte que hace funcionar el mundo. Es un mecanismo tan sencillo como el de un juguete de cuerda. Basta con hacer girar una llavecita. Pero esa llavecita sólo la puede ver el pájaro-que-da-cuerda..…»
Estoy ahora mismo ante uno de esos textos raros que no se encuentran con facilidad. Se trata de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami.
Y bueno, Murakami no es ya ninguna novedad para nadie que lea libros. Él, desde Japón, nos ha brindado escritos, cuentos, novelas, como esa que se llama Norwegian Woods (o Tokio Blues en el translate), en justa alusión de aquella rola de los Beatles que se hizo tan famosa en su tiempo. O Kafka on the shore; o Sputnik mi amor...
Pero con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Murakami como que se destapa, o mejor dicho, para que tampoco se oiga tan psico, como que se quita la careta y se profundiza, vamos. Algo hizo aquí Murakami, en otras palabras, que al parecer entró por la puerta de un armario (¿de un armario?) para pasar –sin una pizca de nieve- a otra dimensión.
Tooru Okada, que es el protagonista, es un abogado que recibe repentinamente una llamada de una dama. A partir de ahí comienzan a suceder cosas tan raras como increíbles que le hunden en un laberinto de espejismos y alucinaciones. Okada, desde entonces, ya no es un personaje real sino irreal.
Pero no solamente él. Muchos otros personajes también lo son: Está Creeta Kanoo, Malta Kanoo, May Kasahara y todos los demás. Todos ellos son alucinantes en sus conductas, tan irreales y extraños que no se puede creer que existan tipos así en plena modernidad. Es el humo mágico que el buen Murakami hace soplar sobre sus propios ambientes.
Y es que en el centro de un Japón contemporáneo, metido hasta las cachas en el caleidoscopio de la neurosis, Murakami tiene la pasmosa fantasía de dar vida a gentes de esta sicología, que para no variar se codean con políticos corruptos y con mafiosos de poca monta.Todo un zoológico urbano.
Evidentemente Murakami tiene una fijación cruzada por las imágenes surrealistas: El gato perdido (Naboru Wataya), y su cuñado Naboru Wataya; la mujer de sombrero rojo que vivió en la Isla de Malta, Malta Kanoo, y su hermana Creta; la chica del traspatio (May Kasahara), con la cicatriz en la cara y la pierna lastimada, la enorme estatua de pájaro que se levanta en un jardín del traspatio con las alas abiertas y a punto de volar, las experiencias en el fondo de los pozos; y también Kumiko, su propia mujer que desaparece de manera inesperada... y como fondo siniestro, el constante Ric-Ric del pájaro-que-da-cuerda...todo eso resulta por demás extraño.
Y en esta ambientación tan cruzada pero increíblemente creíble, además de agudamente lógica, con todo, Murakami logra escribir algo tan raro que más parece una joya de esas que no se dan tan fácilmente en el mundo de las letras.
Como alguien ha citado por ahí: Con los libros pasa como con las personas: hay que conocerlos bien para poder juzgarlos.
Ahí se ven.
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Milady: Tiene días que no te veo.
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