
Lee y conducirás, no leas y serás conducido.
Santa Teresa de Jesús.
Recuerdo que hace poco tuve contacto con un libro titulado Grandes Cuentistas Rusos, donde me topé no solamente con algunas obras del gran Turguéniev, sino también con el célebre cuento Un Fatalista de Lérmontov, monumental ficción de su época.
Este cuento, por cierto, se halla inserto en el capítulo final del volumen: Un héroe de nuestro tiempo. Y bueno, ¿cómo olvidar por ejemplo la increíble historia de Vulich y los arcanos de un destino inexorable y caprichoso que nos deja boquiabiertos?
Y es que ante la pregunta de: ¿existe la predestinación?, Lérmontov nos sale al paso para sembrar con su narración magistral, por cierto no tan corta, esa duda existencial enajenante que no afirma ni niega nada, sino que deja flotando en el aire una respuesta que al lector le parecerá quizás inaceptable a pesar de su evidente contundencia. ¿Existe la predestinación?
Pero bueno, no se trata de comentar a Lérmontov, sino a Turguéniev. Decía que tuve contacto con parte de su obra de cuentos cortos y me llamó mucho la atención el modo en que Turguéniev opera desde la psique, desde el interior de uno mismo, mediante el uso de un poderoso estimulante: el sustrato mágico y surrealista con que maneja su prosa, esas formas sutiles con que representa los detalles, la verde iconografía de bosques y prados donde parecen vivir los espíritus, y la fuerza con que su lenguaje mágico nos conduce al harakiri junto con sus personajes.
Podríamos decir que el lenguaje de Turguéniev se transforma de repente en un fantasma para recrearse después en la mente del lector por medio de sus largas cadenas de frases extrañas, cadenciosas, inesperadas y descriptivas, siempre cambiantes y a veces informes, que te meten de golpe en la historia y te hacen percibir la clorofila, el aire y los colores que se cuelan entre las cortezas de los árboles del bosque.
Pero hay algo más en las magníficas representaciones de Turguéniev, algo que es mágico e intangible. Es como si las palabras formasen una a una un tobogán invisible por donde nos deslizamos silenciosamente al compás de la trama, sin percatarnos de que en aquél mismo instante pasamos a ser ya parte de la historia.
No hay comparación que valga, pero ahí está el pasaje fabuloso donde Turguéniev describe el tránsito lejano de una carreta tirada por caballos con un ataúd encima que irremediablemente se encontrará con ellos -el cazador y su ayudante-; la onírica visión de aquel inesperado cortejo fúnebre que aparece inopinadamente en la campiña y que parece surgir de una burbuja fantástica, son escenas que calan hondo y que sólo pueden lograrse, en toda su dimensión gráfica, en el cine. Mas Turguéniev logró representar este realismo mágico en la literatura décadas antes de que el cine se inventara.
Hay un halo de misterio, por cierto, alrededor de este séquito fúnebre en tanto es observado por el cazador y su ayudante desde la carreta. Y justo en aquél instante una rueda se rompe y la imaginación vuelve a volar más lejos: los fantasmas de un augurio sobrenadan entonces en el ambiente para dar inicio a otra aventura más fantástica aún.
Luego aparecerá en escena Kasián el enano –o gnomo según otras traducciones-, quien hará migas extrañas con el cazador y éste se dejará llevar por la verborrea incansable de este ser kafkiano, nacido de las entrañas del bosque, y que parece hipnotizarle.
El cazador beberá entonces de las extrañas disertaciones filosofales de Kasián, pero el lector, sin darse cuenta, pasará a ser a su vez, en un momento dado, el cazador, e irá a la caza del significado de las extrañas parábolas que salen de la boca de Kasián.
Turguéniev nos pinta a Kasián como alguien que nació en el bosque hace quién sabe cuánto tiempo, -siglos quizá-, pero también como el arquetipo inconcebible de un hacedor de maravillas y de raras explosiones verbales tan desconcertantes que nos dejan, como al cazador, maravillados y con un raro sabor de boca.
Acabo diciendo que es fantástico poder leer a Turguéniev, y también a Lérmontov. Según los que saben, el ruso más grande de todos los tiempos –sin olvidar a Tolstoi, Chéjov y Dostoievski-, fue por supuesto Pushkin, y creo que no están errados. Leer, por ejemplo, La Dama de Picas o La tormenta de nieve es una experiencia irrepetible, y esto tan sólo por mencionar dos de sus mejores cuentos.
En fin, que me atrevo por último que después de Pushkin, éstos dos escritores (Turguéniev y Lérmontov) brillan como los mejores cuentistas rusos de todos los tiempos.
Ahí se ven.
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Milady... no sabes cuánto te extraño!
Tags: Turguéniev, Lérmontov, literatura rusa