Hace algunos años leí muy a fondo los Libros azules de August
Strindberg. Hay en ellos, con el título de «Una carta del puño y letra
de Cristo», un breve pasaje en el que Strindberg sale al paso de la opinión de los historiadores, que afirman que Jesús no dejó nada escrito de su mano.
Eso
—así explica su desacuerdo— no puede ser verdad, pues el padre de la
Iglesia, San Eusebio (siglo III) afirma en uno de sus escritos que él
ha visto y copiado el original de una carta de Jesús que se hallaba en
los archivos de Edesa.
Se trataba de la respuesta de Jesús a
la petición por escrito de un cierto Abgaro, señor de un castillo,
llevada por un mensajero llamado Ananías al «buen redentor, en
Jerusalén», de que «tenga a bien venir y curarle de su enfermedad». En
su contestación, Jesús alaba la fe de Abgaro pero le comunica que no
puede ir porque antes tiene que cumplir aquello para lo que ha sido
enviado. Pero después —continúa— le enviará a uno de sus discípulos que
le curará de su enfermedad y le aportará la vida a él y a los suyos.
Strindberg
añade que es completamente impensable que Eusebio, siendo como era
hombre temeroso de Dios, se hubiese sacado todo aquello de la manga. Y
sin embargo, la historiografía oficial —sin dar las razones de ello— no
considera válida su exposición.
Yo, personalmente, no he
estudiado los escritos de San Eusebio, ni comprobado la indicación de
Strindberg, pero no veo ninguna razón para ponerla en duda.
Tiempo después leí las visiones de Catalina de Emmerich (El círculo divino),
que Clemens Von Brentano, en su calidad de médico de cabecera, le
esribió a la estigmatizada. En ellas se halla la descripción de la
siguiente escena: la vidente se ve en una especie de cantera. Al fondo
hay un estrado de madera sobre el que Jesús está en pie, hablando. Una
inmensa y apretada multitud le escucha. Catalina observa a un
mensajero, elegantemente vestido, que intenta en vano abrirse paso.
Jesús, que se da cuenta de ello, ordena a uno de sus discípulos que
haga sitio a aquel hombre. Éste entrega a Jesús un rollo escrito,
envuelto en una costosa tela, que contiene el ruego de un príncipe no
judío llamado Abgaro de que Jesús tenga a bien ir a su casa para
curarle.
Jesús lee la carta, le da la vuelta y escribe al
dorso con un lápiz que saca de la pechera de su vestido (¡Un tubo del
que sale una mina!) una respuesta que en su contenido, y en parte
también en la forma, coincide con la copia de San Eusebio mencionada
por Strindberg. Catalina explica que ella podía ver al Señor por encima
del hombro mientras éste escribía y que así pudo leerlo.
Mas
la escena continúa: el mensajero, pintor de profesión, tiene la orden
de dibujar un retrato de Jesús, pero, sin que él sepa por qué, lo
intenta una y otra vez sin conseguirlo. Jesús lo advierte, ordena que
traigan agua, se lava el rostro y lo seca con la costosa tela en que
estaba envuelto el escrito. Ante el asombro del mensajero, aparece
después en el paño una imagen de Jesús.
Al leer este pasaje me acordé de pronto otra vez del texto sobre Eusebio citado por Strindberg. Busqué el Libro azul y comparé: no había duda posible, se trataba de la misma carta, pero como en una versión algo cambiada o en otra traducción.
Hay
que eliminar la posibilidad de que Catalina, que era una mujer sencilla
y que incluso hablaba sólo el dialecto de su tierra, hubiese leído al
padre de la Iglesia San Eusebio. Dicho sea de paso, ella tampoco
menciona en ningún otro lugar, que yo sepa, una carta de Jesús; el
pasaje referido es singular. Brentano era desde luego un hombre de gran
cultura, pero no existe la menor prueba de que hubiese conocido los
textos de San Eusebio.
Además, por las visiones de su
paciente, de las que él era inmediato testigo, experimentó una honda
conmoción religiosa. La suposición de que él intercalase por sí mismo
el texto de la carta en el relato de Santa Catalina, me parece
perfectamente descabellada.
Pasaron de nuevo unos años. Yo me
ocupaba entonces con los escritos de Jakob Lorber, amigo de Franz
Schubert y un personaje absolutamente asombroso. Era un modesto
profesor de música, en Graz, y toda la vida deseó ardientemente
conseguir un puesto de maestro de capilla en Trieste, en aquella época
uno de los más importantes centros musicales. Un día, tras innumerables
e infructuosas solicitudes, se cumplió su deseo.
Ya estaba a
punto de hacer el traslado con mujer e hijos cuando de pronto escuchó
una voz —era el 15 de marzo de 1842— que se dio a conocer como la voz
de Cristo. (Ël la describe como una voz de tenor, clara y alta, que le
hablaba desde la zona del corazón, tan fuerte y con tanta claridad que
se asombraba todo el tiempo de que no fuese audible para los demás).
La
voz le ordenó: «Siéntate y escribe». Lorber dejó el traslado, renunció
al ansiado puesto de Trieste y a partir de aquel momento se denominó a
sí mismo «el obediente siervo escribiente de Dios». En los años que
siguieron escribió bajo ese dictado una cantidad verdaderamente
asombrosa de libros, sobre todo religiosos, pero también de contenido
secular. Los manuscritos son fluidos, escritos con apresuramiento, en
una letra casi caligráfica, y prácticamente sin correcciones.
Contienen
una plétora de informaciones sobre campos del saber de los que Lorber
no tenía antes la menor noticia, por ejemplo detalles del esoterismo
judío o de hechos históricos.
Al estudiar sus obras tropecé también con un breve volumen titulado Correspondencia de Jesús.
Se trata de siete cartas a un príncipe llamado Abgaro. La primera de
esas cartas coincide en el contenido y en parte otra vez en la forma
con la copia de San Eusebio y con el informe de Santa Catalina escrito
por Von Brentano.
Que Jakob Lorber hubiese podido, a través de
Schubert o de alguno de sus amigos románticos, dar con las anotaciones
de Brentano, es cosa bien improbable. No existe el más mínimo dato que
apoye tal suposición. Aparte de eso, no se ve muy bien por qué uno de
los personajes citados iba a llevar a cabo esa blasfema —al menos para
él— falsificación, que sigue siendo desconocida hasta hoy.
Si
alguno de ellos hubiese perseguido una finalidad, cualquiera que fuere
el género de ésta, seguro que se hubiese preocupado de que esa
asombrosa coincidencia saliera a la luz pública. Pero parece evidente
que ninguno de ellos se dio cuenta de ello, y que ninguna otra persona
lo había notado hasta ahora.
¿Es todo ello, entonces, sólo una
asombrosa casualidad? ¿El mismo nombre, el mensajero, la coincidencia
en el contenido y parcialmente incluso en la forma? Es casi imposible.
Las
cuestiones de si la carta de Jesús de los archivos de Edesa, de que
habla Eusebio, era auténtica; de si las visiones de Catalina de
Emmerich son —como dice ella— «históricas»; de si, finalmente, la voz a
cuyo dictado escribió Lorber era verdaderamente la voz de Cristo, no
pueden ni deben ser aquí objeto de discusión. Con los criterios
habituales no se puede hallar una respuesta.
Pero lo que puede
comprobar cualquiera que quiera tomarse el trabajo es la igualdad de
esos tres testimonios independientes que yo he encontrado.
(Michael Ende / Carpeta de Apuntes.)
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Milady... Te pienso a cada instante!
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