martes, 02 de marzo de 2010

Azteca lo leí hace tiempo, cuando todavía no me había dado por buscar ebooks en la Web, sino que me limitaba a coleccionar de primera mano libros escritos en papel. Y bueno, alguien me lo recomendó, y además, creo que hasta me lo prestó. El libro en sí me conmovió.

Yo había leído algo de historia de México en unos tomos (creo que doce o más) que publicó en México una editorial muy conocida por su promoción de la cultura, y había tenido además dos encuentros con esa obra magistral que es “
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” de Bernal Díaz. Pero la novela de Jennings fue otra cosa.

En primer lugar me agradó el modo en que Gary Jennings intenta plantear su historia, contada en primera persona desde la perspectiva de un azteca (Nube Oscura o Mixtli) nacido en Xaltocan, isla cercana a Tenochtitlán, unas décadas antes de la Conquista.


Y desde el mismísimo comienzo, cuando los primeros párrafos del libro empiezan a transmutarse en imágenes, tenemos la impresión de que nos encontramos ante una gran novela histórica narrada bajo un argumento contundente en la que Jenningns, desplegando sus enormes cualidades de escritor, nos va introduciendo gradualmente en los insospechados recovecos de un paisaje prehispánico auténtico, en una atmósfera tan real que nos extrapolamos sin notarlo a aquellos tiempos tan ricos en los que se vivió de un modo tan distinto, con costumbres tan disímiles a las actuales y bajo credos y dogmas incompatibles e inconciliables. Ese es, hay que decirlo, el gran mérito del autor norteamericano.


Conocer por medio de un libro la inasible blancura de una ciudad viva y dinámica cuyo centro es el comercio, las fritangas, los olores, las ventas, los trueques, los canales, la alfarería, la carpintería, el arte, las chinampas, los grandes puentes de madera y piedra, las chalupas, es una experiencia incomparable.


Y en Azteca llegamos a conocer esos secretos, los secretos de una ciudad preanunciada por los dioses, el habitáculo del nopal, el águila y la serpiente, heredera de una cultura dominante en el Anáhuac, dueña de una inquebrantable mística, forjadora del vigor de sus habitantes, con sus abigarradas costumbres religiosas, con sus hábitos sociales y civiles, con sus códigos de guerra y su poder sacerdotal, su condición e influencia de las castas, su respeto casi sagrado hacia las leyes que regulaban la conducta, y sobre todo, creadora del omnímodo poder que emanaba del gran tlatoani, sempiterno emperador protegido por sus dioses. Todo eso es simplemente avasallante.


Ningún mortal podía, por ejemplo, estar ante la presencia del gran Moctezuma sin que su rostro no tocase antes la tierra, y en el momento del encuentro, sin siquiera tener la opción de verle a la cara, decirle con devoción: «Señor, mi señor, mi gran señor». Cualquiera que tuviese el atrevimiento de no postrarse o irrespetar estas reglas, moría en el acto.


Un libro, por lo general, tiene mucho que enseñar al lector que anda en busca de primicias y novedades. Las costumbres de los pueblos, de cualquier pueblo, por hablar sólo de un tópico, puede traernos de repente, como ráfaga de aire fresco, una reflexión imprevista: este es el caso de Azteca.

Una cultura adoradora del maíz acostumbrada a labrar la tierra, a sembrar sus milpas, a cuidarlas y cosecharlas con rigor sorprendente, casi con misticismo, no podía quedarse atrás en la concepción de sus códigos sociales. A fin de evitar en lo posible el robo, (los ladrones eran procesados y ejecutados al pie de la letra), todo agricultor debía dejar en sus parcelas una franja de varios metros cargada de maíz, para que cualquiera que deseara tomar el producto (el viajero cansado, el paria, el antojadizo) lo hiciera justamente de las siembras de esa franja sin costo alguno. ¿Hay una enseñanza en esta inusual costumbre precolombina?

Por lo demás, se sabe que para conformar su novela Jennings tuvo que sumergirse por años en la búsqueda de antecedentes históricos, de hechos sobresalientes, de costumbres ancestrales, a fin de poder contarlos de un modo categórico. Yo creo que lo consigue con creces. Cuando leemos su libro asistimos de manera privilegiada a los ritos, a las guerras y a las costumbres de un gran pueblo como el Azteca, guerrero por naturaleza y luchador como pocos, pero sobre todo, defensor de sus creencias y de sus dioses, que jamás se daba por vencido.


En Azteca, Jennings nos enfrenta con la dualidad de una serie de consideraciones éticas: nos enfrenta al desafío imperturbable de dos culturas antagónicas, de dos mundos tan lejanos como el tiempo: la del vencedor y el vencido, la del invasor e invadido, entre las que se interpone un negro velo que las divide irremediablemente, un insondable abismo de creencias, una muralla prejuiciosa que no tiene más que un solo destino: vencer o ser vencido.


Se trata, pues, de una novela que nos introduce en la vida cotidiana de una gran civilización prehispánica como lo fue la Azteca y nos permite asistir por medio de su lectura a su propio nacimiento, esplendor y decadencia, desvelándonos con crudeza sus ritos y costumbres, planteándonos su cara tan opuesta a las culturas predominantes en el viejo continente.


Un libro que se lee de un solo golpe, la verdad.


Ahí se ven.







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Milady... Amo tu talento!






Tags: libros, literatura, Azteca, Gary Jennings

Publicado por OswaldoLilly @ 21:45
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