
Vale.
De lugares míticos ni hablemos. Y de accidentes inesperados tampoco hablemos. De repente, inopinadamente, nos pueden suceder cosas que cambien nuestra vida sin pensarlo.
Recordaba por ejemplo lo que salió de la cabeza de C.S. Lewis, aquella imagen de un ropero solitario, tal vez de nogal o de caoba, inserto en un cuarto solitario, y que daba, del otro lado, a un país mítico nevado y frío donde habitaba el mal… pero también el bien.
Y así ocurre con Alice in Wonderland, donde Tim Burton, la verdad, la hace en grande.
Okay, el cine por lo visto la tiene high, pues cuenta con la maravillosa oportunidad de cambiar la visión efectista de los libros y engrandecerla, no porque cambie la historia, no, sino porque puede, con arte e imaginación, hacer algo grandioso y trascendente, como en este caso.
Bien por Burton y bien por todos los actores. Bien también por los efectistas, por los del sonido, por los del vestuario, por los del make up.
Y a Alice, -que en esta ocasión es una Alice fresca y distinta, cándida como las otras pero distinta- un largo beso desde aquí donde me encuentro, aunque sé que difícilmente le llegará…
¿O si?
Smuack!
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