miércoles, 21 de abril de 2010

En todas las tierras el sol sale al amanecer.

H.G. Wells



Según testimonios escritos por Fort, un corresponsal que había vivido en Devonshire, recuerda un acontecimiento ocurrido treinta y cinco años antes: el suelo estaba recubierto de nieve, y todo el sur del Devonshire se despertó una buena mañana para descubrir en la nieve huellas desconocidas hasta aquel día, «huellas de garras de forma inclasificable», alternando a intervalos inmensos, pero regulares, con lo que se parecía mucho a la impresión de la punta de una pica.

Las huellas estaban esparcidas en un territorio sorprendentemente vasto, y parecían haber salvado todo obstáculo posible como cercados, murallas y casas. Ante la excitación general, los cazadores y los perros siguieron esta extraña pista hasta un bosque, ante el cual los perros huyeron aullando de terror, de modo que nadie se atrevía a explorarlo.

Las huellas de cascos no son solamente caballunas, sino también demoníacas. Y en el siglo XIX, eran garras, según algunos. Y a muchos se les ocurrió decir que eran las huellas de un canguro saltarín.

Una de las versiones ulteriores busca reducir este incongruente acontecimiento integrándolo al paisaje familiar de los cuentos de hadas, y a desacreditarlo asimilándolo a lo convencional ficticio: ese testimonio de los perros aulladores y aterrorizados que se niegan a penetrar en el bosque maldito.

Se sabe que fueron organizadas expediciones de caza, pero los perros aulladores y aterrorizados no aparecen en ningún relato contemporáneo a los acontecimientos. La hipótesis del canguro intenta adaptarse a la necesidad urgente de algún animal susceptible de dar saltos gigantescos, ya que algunas huellas fueron halladas en los techos de las casas.

Un poco más tarde, la dispersión de las huellas de pasos obligó al rumor público a inventar un segundo canguro, para tomar bien la medida pese a que la línea de las huellas era rigurosamente única. Es un hecho que hubieran sido necesarios no menos de mil canguros unípedos, todos herrados con un casco minúsculo, para dejar en la nieve las huellas del Devonshire.

Pero he aquí la versión periodística:

«Se señala una considerable sensación en los pueblos de Topsham, Lymphstone, Exmouth, Teignmouth y Dawlish, en el Devonshire, causada por el descubrimiento, el 8 de febrero de 1855, de una increíble cantidad de huellas de formas extrañas y misteriosas.»

Aquí aparece ya la increíble multiplicidad de las huellas de pasos descubiertas en el enorme espacio limitado por los distintos pueblos. Se encontraron incluso en los lugares más imprevistos: jardines cerrados por altos muros, campo raso y techos de casas. En Lymphstone, no hubo, por así decirlo, un solo jardín que no hubiera recibido esta indescriptible visita.

Ninguno de los informes supera en pura negligencia a aquel que atribuye las huellas a un bípedo antes que a un cuadrúpedo bajo el pretexto de que se presenta en una sola línea, como si un bípedo hubiera situado un pie precisamente frente al otro... a menos de haber saltado.

Se dice que las huellas «estaban, en general, a veinticinco centímetros unas de otras.» «La huella del pie se parece más o menos al casco de un mulo, y mide cuatro centímetros, a veces seis».

Se trataba en suma de conos de base truncada, en forma de media luna. Los diámetros citados son los de los cascos de pollinos muy jóvenes: demasiado pequeños para ser comparados razonablemente a los cascos de un mulo.

Como adición a las circunstancias mencionadas por el Times, «hace algún tiempo que en Dowlish numerosas personas han formado una tropa armada, provista de fusiles y otras armas, con el eventual fin de encontrar y destruir el animal supuesto como responsable de estas huellas. Como podría esperarse, la tropa vuelve siempre con las manos vacías.

Se han hecho numerosas especulaciones sobre la naturaleza de las huellas. Algunos han hablado de un canguro, otros han hecho alusión a las huellas de patas dejadas por grandes pájaros empujados a las costas por el mal tiempo. En varias ocasiones se ha hecho circular el rumor de que se había capturado algún animal escapado de una casa de fieras, pero el misterio sigue insoluble.»

En el Illustrated London News, se consagra al prodigio un amplio espacio, reproduciendo principalmente un croquis de las fabulosas huellas, que se describen bajo un aspecto de conos de base truncada, salvo que son algo alargados, como cascos de pollinos. Pero espaciados en línea recta. Las huellas representadas en el croquis estaban espaciadas por distancias de veinticinco centímetros, y esta separación fue revelada como invariable en cada pueblo.

Se mencionan otras localidades además de las citadas en el Times. El autor del artículo, que ha vivido mucho tiempo en el Canadá, y está familiarizado con toda clase de huellas, declara no haber visto jamás «huellas tan claramente marcadas en un campo de nieve. Ningún animal conocido deja un rastro de pasos rectilíneos, y tampoco el hombre».

Para concluir, sugiere que estas marcas no eran huellas de pasos. Y el detalle que da en este punto de su exposición puede ser muy bien simplemente crucial.

Sea cual sea el origen de tales huellas, parecían haber levantado la nieve más que haberla comprimido. Ya que, tras ellas, la nieve tenía la apariencia de «haber sido marcada como por un hierro al rojo».

Pero por poco que se hojeen los anales del London Times se hallará, en la fecha del 14 de marzo de 1840, la mención siguiente. «En las altas montañas del distrito superior en el que están contiguos Glenorchy, Gleyon y Glenochay, se han descubierto varias veces en la nieve, durante el invierno último y el precedente, las huellas de un animal hasta ahora desconocido en toda Escocia.

«Estas huellas, en todos sus aspectos, eran idénticas a las de un pollino de respetable talla, aunque la planta era ligeramente más larga y tal vez menos redonda. Hasta ahora, nadie ha tenido la buena fortuna de observar, aunque fuera por un solo instante, a esta criatura cuya forma y dimensiones permanecen en el misterio. Solo la profundidad de las huellas en la nieve da a entender que debe de tratarse de una bestia enorme.

«Se ha observado igualmente que su marcha no se parecía a la de la generalidad de los cuadrúpedos, sino que se parecía a los saltos de un caballo asustado o perseguido. Estas huellas no han sido descubiertas en una sola localidad, sino en un territorio de una veintena de kilómetros.»

Pues hay de huellas a huellas, digo yo.






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Milady... tus huellas son imborrables!



Tags: Charles Fort, libros, misterios

Publicado por OswaldoLilly @ 18:53
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