En todas las tierras el sol sale al amanecer.
H.G. Wells
Según testimonios escritos por Fort, un corresponsal que había vivido en Devonshire, recuerda un acontecimiento ocurrido treinta y cinco años antes: el suelo estaba recubierto de nieve, y todo el sur del
Devonshire se despertó una buena mañana para descubrir en la nieve
huellas desconocidas hasta aquel día, «huellas de garras de forma
inclasificable», alternando a intervalos inmensos, pero regulares, con
lo que se parecía mucho a la impresión de la punta de una pica.
Las
huellas estaban esparcidas en un territorio sorprendentemente vasto, y
parecían haber salvado todo obstáculo posible como cercados, murallas y
casas. Ante la excitación general, los cazadores y los perros siguieron
esta extraña pista hasta un bosque, ante el cual los perros huyeron
aullando de terror, de modo que nadie se atrevía a explorarlo.
Las
huellas de cascos no son solamente caballunas, sino también demoníacas.
Y en el siglo XIX, eran garras, según algunos. Y a muchos se les
ocurrió decir que eran las huellas de un canguro saltarín.
Una de
las versiones ulteriores busca reducir este incongruente acontecimiento
integrándolo al paisaje familiar de los cuentos de hadas, y a
desacreditarlo asimilándolo a lo convencional ficticio: ese testimonio
de los perros aulladores y aterrorizados que se niegan a penetrar en el
bosque maldito.
Se sabe que fueron organizadas expediciones de
caza, pero los perros aulladores y aterrorizados no aparecen en ningún
relato contemporáneo a los acontecimientos. La hipótesis del canguro
intenta adaptarse a la necesidad urgente de algún animal susceptible de
dar saltos gigantescos, ya que algunas huellas fueron halladas en los
techos de las casas.
Un poco más tarde, la dispersión de las
huellas de pasos obligó al rumor público a inventar un segundo canguro,
para tomar bien la medida pese a que la línea de las huellas era
rigurosamente única. Es un hecho que hubieran sido necesarios no menos
de mil canguros unípedos, todos herrados con un casco minúsculo, para
dejar en la nieve las huellas del Devonshire.
Pero he aquí la
versión periodística:
«Se señala una considerable sensación en
los pueblos de Topsham, Lymphstone, Exmouth, Teignmouth y Dawlish, en el
Devonshire, causada por el descubrimiento, el 8 de febrero de 1855, de
una increíble cantidad de huellas de formas extrañas y misteriosas.»
Aquí
aparece ya la increíble multiplicidad de las huellas de pasos
descubiertas en el enorme espacio limitado por los distintos pueblos. Se
encontraron incluso en los lugares más imprevistos: jardines cerrados
por altos muros, campo raso y techos de casas. En Lymphstone, no hubo,
por así decirlo, un solo jardín que no hubiera recibido esta
indescriptible visita.
Ninguno de los informes supera en pura
negligencia a aquel que atribuye las huellas a un bípedo antes que a un
cuadrúpedo bajo el pretexto de que se presenta en una sola línea, como
si un bípedo hubiera situado un pie precisamente frente al otro... a
menos de haber saltado.
Se dice que las huellas «estaban, en
general, a veinticinco centímetros unas de otras.» «La huella del pie se
parece más o menos al casco de un mulo, y mide cuatro centímetros, a
veces seis».
Se trataba en suma de conos de base truncada, en
forma de media luna. Los diámetros citados son los de los cascos de
pollinos muy jóvenes: demasiado pequeños para ser comparados
razonablemente a los cascos de un mulo.
Como adición a las
circunstancias mencionadas por el Times, «hace algún tiempo que
en Dowlish numerosas personas han formado una tropa armada, provista de
fusiles y otras armas, con el eventual fin de encontrar y destruir el
animal supuesto como responsable de estas huellas. Como podría
esperarse, la tropa vuelve siempre con las manos vacías.
Se han
hecho numerosas especulaciones sobre la naturaleza de las huellas.
Algunos han hablado de un canguro, otros han hecho alusión a las huellas
de patas dejadas por grandes pájaros empujados a las costas por el mal
tiempo. En varias ocasiones se ha hecho circular el rumor de que se
había capturado algún animal escapado de una casa de fieras, pero el
misterio sigue insoluble.»
En el Illustrated London News,
se consagra al prodigio un amplio espacio, reproduciendo principalmente
un croquis de las fabulosas huellas, que se describen bajo un aspecto de
conos de base truncada, salvo que son algo alargados, como cascos de
pollinos. Pero espaciados en línea recta. Las huellas representadas en
el croquis estaban espaciadas por distancias de veinticinco centímetros,
y esta separación fue revelada como invariable en cada pueblo.
Se
mencionan otras localidades además de las citadas en el Times.
El autor del artículo, que ha vivido mucho tiempo en el Canadá, y está
familiarizado con toda clase de huellas, declara no haber visto jamás
«huellas tan claramente marcadas en un campo de nieve. Ningún animal
conocido deja un rastro de pasos rectilíneos, y tampoco el hombre».
Para
concluir, sugiere que estas marcas no eran huellas de pasos. Y el
detalle que da en este punto de su exposición puede ser muy bien
simplemente crucial.
Sea cual sea el origen de tales huellas,
parecían haber levantado la nieve más que haberla comprimido. Ya que,
tras ellas, la nieve tenía la apariencia de «haber sido marcada como por
un hierro al rojo».
Pero por poco que se hojeen los anales del London
Times se hallará, en la fecha del 14 de marzo de 1840, la mención
siguiente. «En las altas montañas del distrito superior en el que están
contiguos Glenorchy, Gleyon y Glenochay, se han descubierto varias veces
en la nieve, durante el invierno último y el precedente, las huellas de
un animal hasta ahora desconocido en toda Escocia.
«Estas
huellas, en todos sus aspectos, eran idénticas a las de un pollino de
respetable talla, aunque la planta era ligeramente más larga y tal vez
menos redonda. Hasta ahora, nadie ha tenido la buena fortuna de
observar, aunque fuera por un solo instante, a esta criatura cuya forma y
dimensiones permanecen en el misterio. Solo la profundidad de las
huellas en la nieve da a entender que debe de tratarse de una bestia
enorme.
«Se ha observado igualmente que su marcha no se parecía a
la de la generalidad de los cuadrúpedos, sino que se parecía a los
saltos de un caballo asustado o perseguido. Estas huellas no han sido
descubiertas en una sola localidad, sino en un territorio de una
veintena de kilómetros.»
Pues hay de huellas a huellas, digo yo.
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Milady... tus huellas son imborrables!
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